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El Dr. Carlos J. Finlay
Apuntes Biograficos
Por el Dr. Juan Guiteras
Carlos Juan Finlay nació en la ciudad de
Camagüey, Cuba, el día 3 de diciembre del año
1833. Fueron sus padres, Eduardo, escocés, e
Isabel de Barrés, francesa. Es, por
consiguiente, como el otro gran antillano,
Alejandro Hamilton, vástago ilustre de do
grandes nacionalidades: Francia y Escocia.
En la primera infancia aún, pasó con su familia
a la Habana, residiendo hasta la edad de once
años en esta capital y en Guanímar, donde
poseía su padre uno de los cafetales que por
aquella época enriquecían y hermoseaban la zona
de Alquízar. Allí la vida del campo
probalemente despertó en él la vocación por
los estudios de la naturaleza, mientras que
recibía, al mismo tiempo, esmerada educación de
su tía Ana, que hubo de dejar una escuela que
tenía en
Edimburgo para venir á vivir al lado de su
hermano.
A la edad de once años, en 1844 fue enviado a
Francia donde prosiguió su educación escolar en
el havre hasta el año 1846, en que tuvo que
regresar a Cuba por haber sufrido un ataque de
corea. Esta afección dejó en él la huella de
cierta tartamudez de que curó por una enseñanza
metódica que instituyó su padre, sin que haya
desaparecido nunca por completo cierta lentitud y
dificultad que caracterizan su lenguaje hablado y
que parecen proceder más bien de la mentalidad
que de un defecto de articulación.
Volvió a Europa en 1848, para completar su
educación en francia; pero la revolución de
aquel año le obligó á permanecer en Londres, y
cerca de un año en Maguncia. Ingresó por fin en
el Liceo de Rouen, donde prosiguió sus estudios
hasta el año 1851, en que tuvo que volver á
Cuba a convalecer de un ataque de fiebre
tifoidea.
Se trató entonces de hacer valer sus estudios
hechos en Europa con el fin de ganar el
bachillerato e ingresar en la Universidad de la
Habana para el estudio de la medicina; pero no
siendo esto posible, tuvo que pasar a Filadelfía
donde no se exigía, para cursar los estudios
médicos, grado alguno de facultad menor. Cursó,
en Filadelfía, la carrera de medicina,
doctorándose el 10 de marzo de 1855, en el
Jefferson Medical College, plantel donde habían
estudiado antes Brown Séquard y Marion Sims.
Entre los profesores de aquella facultad, el que
parece haber más honda impresión en la mente
del joven Finlay, fué John Kearsly Mitchell, el
primero, tal vez en enunciar y mantener de una
manera sistemática, la teoría microbiológica
de las enfermedades. El hijo de este profesor,
hoy el famoso S. Weir Mitchell, recién llagado
entonces de París, de las aulas de Claude
Bernard, como preceptor particular del joven
cubano y profesor auxiliar en la escuela
fildelfina, debió de influir también
favorablemente en el desenvolvimiento del genio
de nuestro paisano. Establecióse entre los dos
una buena amistad que se ha mantenido hasta la
fecha. Fué Finlay, me escribe el doctor
mitchell, el primer alumno que tuve, y dirigí
sus estudios durante tres años.
En vano le insté para que se estableciese en
Nueva York donde residían á la sazón muchos
españoles y cubanos, consejo que, por fortuna,
hubo de desantender. El Dr. Finlay revalidó su
título en la Universidad de la Habana el año
1857.
Domina en la familia de los Finlay, según le he
oído a nuestro biografiado, un espíritu de
aventuras. Su padre ejerció la medicina en
diversos lugares y países, y uno de sus tíos
combatió por las libertades americanas en los
ejércitos de Bolívar.
Recién graduado, en 1856, pasó Carlos J. Finlay
a Lima, con su padre, y después de probar
fortuna durante algunos meses, volvió a la
Habana. De nuevo repitió la tentativa en el año
siguiente con el mismo resultado. En 1860-61
estuvo en París, frecuentando las clínicas de
los hospitales y dedicándose a estudios
complementarios. En 1864, intentó establecerse
en Matanzas, experimento que duró también pocos
meses. Dondequiera que iba, dedicábase al
ejercicio de la medicina en general,
especializando algo en la oftalmología.Casó el
Dr. Finlay en la Habana, el 16 de octubre de
1865, con la Srta. Adela Shine, natural de la
Isla de Trinidad, mujer adornada de notables
dotes intelectuales que, con tierna fidelidad,
puso siempre al servicio del esposo El matrimonio
ha constituído una familia respetabilísima por
todos conceptos en la sociedad habanera.
Además de los viajes ya mencionados, el Dr.
Finlay salió de Cuba en junio de 1869, para
visitar con su esposa el lugar del nacimiento de
ésta, la Isla de Trinidad, y retornó a la
Habana en diciembre del mismo año. Pasó
también los últimos meses del año de 1875 en
Nueva York por la salud de su esposa. En el año
1881, fue a Washington como representante de
Gobierno colonial ante la Conferencia Sanitaria
Internacional allí reunida y escogió aquella
ocasión para enunciar por primera vez su teoría
de la transmisión de la fiebre amarilla por un
agente intermediario.
Al estallar la guerra hispanoamericana, el Dr.
Finlay, que tenía entonces sesenta y cinco
años, pasó a los Estados Unidos a ofrecer sus
servicios al Gobierno americano, é insistiendo
con su amigo el Dr. Sternberg, Jefe entonces de
la Sanidad militar, tuvo éste que enviarlo á
Santiago de Cuba, donde hizo vida de campaña con
las tropas sitiadoras, manteniendo, como lo
hacía en todas las ocaciones oportunas, las
ventajas que a las mismas reportaría la
aceptación de sus opiniones sobre la
transmisión de la fiebre amarailla.
Al volver á la Habana en el año 1898, el Dr.
Finlay se dirigió á los oficiales de la Sanidad
Militar americana, el Gobierno y la Prensa
médica de los Estados Unidos, proponiendo su
nuevo plan de campaña contra la fiebre amarilla,
el mismo que, aceptado más tarde, hubo de
desarraigar en nuestro territorio la secular
endemia.
Hermoso espectáculo, que no olvidará el que
esto escribe, fue la recepción que hizo el Dr.
Finlay a las comisiones científicas que
vinieron, a la sombra del nuevo pabellón, a
estudiar la fiebre amarilla. Con entusiasmo
generoso explica sus doctrinas, mostraba sus
copiosas notas, sus experimentos, sus aparatos,
sus mosquitos, y se ofrecía para coadyuvar en
cualquier forma a las experiencias que se
hiciesen.
El Dr. H. E. Durham que, con el Dr. Walter Myers,
pasaba en Comisión de la Escuela de Medicina
Tropical de Liverpool a estudiar la fiebre
amarilla en el Brasil, se detuvo algunos días en
la Habana e informaba a su escuela en los
términos siguientes: Es un hecho
incontrovertible que el Dr. Carlos Finlay de la
Habana, fué el primero en establecer la
experimentación directa para probar sus ideas
sobre el papel que desempeña el mosquito en la
transmisión de la fiebre amarilla. Su método
consitía en alimentar al mosquito con sangre de
casos de fiebre amarilla antes del sexto día de
la enfermedad y aplicarlos después, con un
intervalo de 48 horas a 4 ó 5 días, a personas
susceptibles.
Su idea era producir una infección ligera con el
objeto de obtener la immunidad.
En una agradable conversación que tuvimos con el
amable doctor el 25 de julio de 1900, nos
informó de numerosos detalles de sus
experimentos comenzados en el año 1881...La
clase de mosquito escogido por el Dr. Finlay para
sus experiencias era el Stegomyia fasciata, que
él llamaba Culex mosquito. Hubo de fijarse en
esta especie por ser el mosquito de las ciudades.
Igual acogida tuvo la Comisión de médicos de
ejército americano a la cual entregó él mismo
los mosquitos con que comenzaron las experiencias
que habían de confirmar definitivamente la
doctrina que venía sosteniendo desde veinte
años atrás. ¡Con qué generoso interés
siguió las experiencias de esta Comisión,
reconocido desde luego la imperfección de sus
propios métodos, admirando con candor infantil
los procedimientos nuevos bacteriológicos y los
resultados demonstrativos que se iban obteniendo,
admiración de la obra en sí y que, com
demnstraciones de verdadero afecto, extendía a
los protagonistas de la obra, los miembros de la
Comisión, y los individuos que se presentaban a
las inoculaciones!
En el año 1902, al terminar la primera
intervención americana, el Gobierno de la
República, por indicación del Dr. Diego Tamayo,
Secretario de Gobernación, hizo justicia a
nuestro ilustre compatriota, nombrándole Jefe de
Sanidad de la República y Presidente de la
Juanta Superior de Sanidad. Después de esta
fecha de sus comarcas eran producidas por las
picaduras de mosquitos, y los
escritos de Nott, Beauperthuy y King. El que siga
estos autores cronológicamente puede imanigarse,
a primera vista, que está siguiendo el
proceso de evolución de una gran doctrina; pero
pronto se encuentra encerrado en un círculo
vicioso que le vuelve a traer a los negros de
Africa; ninguno tocaba en la clave del problema -
la transmisión de un parásito del enfermo al
sano. Parece, por un momento, que Beauperthuy,
por lo menos, señala la especie de mosquito,
"el zancudo bobo, a pattes rayées de
blanc" como el culpable de la infección
amarilla; pero estudiando bien su obra, se verá
que ni el mosquito de Beauperthuy es la
estegomía, ni tampoco lo señaló él como
agente productor de la fiebre; al contrario, lo
desechaba por ser un mosquito casero,
precisamente la razón en que se fundaba Finlay
para escogerlo entre todos los demás; el
francés imaginaba algo que pudiese traer la
fiebre de los pantanos y de las materias en
descomposición; el cubano veía la transmisión
de hombre a hombre; ahí está la diferencia
fundamental: aquello era una quimera, esto era la
verdad.
No es sólo en el campo de la fiebre amarillo que
el Dr. Finlay se hace acreedor a la gratitud
universal. La inventiva de su claro ingenio
descubrió, o dio forma práctica, a la solución
del problema del tétanos infantil. En el 1903,
el Dr. Finlay fijó su atención en este
importante asunto y, con una precisión
verdaderamente admirable, sugirió al Dr.
Dávalos que examinase bacteriológicamente el
pabilo que el pueblo usaba para la ligadura del
cordón umbilical. La investigación dio por
resultado que, efectivamente, esta cuerda suelta
de algodón era un nido particularmente rico en
bacilos del tétanos. En aquel mismo año
sugirió el Dr. Finlay la preparación de una
cura aséptica para el ombligo, la cual, desde
entonces, viene distribuyéndose gratuitamente,
en paquetes cerrados, por el Departamento de
Sanidad, habiéndose reducido, en consequencia,
la mortalidad por el tétanos de 1,313 en el año
1902 a 576 en el año 1910.
La laboriosidad del Dr. Finlay es pasmosa. En
medio del trabajo constante de su prefesión y de
la producción frecuente de escritos sobre
asuntos de Patologiá y de Terapéutica, en los
que se adelanta generalmente a sus compatriotas,
como puede verse en sus trabajos sobre la filaria
y el cólera, encuentra tiempo por ejemplo, para
descifrar un antiguo manuscrito en latín,
haciendo acopio de datos en fuentes históricas,
heráldicas y filológicas para comprobar que la
Biblia en que aparece el escrito hubo de
pertenecer al Emperador Carlos V en su retiro de
Yuste, o trabaja en la resolución de problemas
de ajedrez, de altas matemáticas o de
filología; o elabora complicadas y originales
teorías sobre el Cosmos, en las qué figuran
hipótesis atrevidas sobre las propiedades de las
substancias coloideas y el movimiento en espiral.
Más recientemente, en medio de la labor
mecánica y cansada de una gran oficina del
Estado, y cumplidos ya los setenta años, se
familiariza, hasta conocer a fondo toda la
doctrina de la inmunidad y las teorías de
Metchnikoff, Ehrlich, Muchner, presentando su
propia concepción del intrincado problema.
La designación del Gobierno para enviarle como
representante al Congreso de Higiene y
Demografía de berlín en 1907, espolea aquellas
grandes energías y revive los estudios sobre la
influencia de la temperatura en la propagación
de la fiebre amarilla por su acción sobre el
mosquito, estudios que, en sus principios,
habían contribuido a fijar en su mente la
teoría que le ha hecho inmortal. Esta fue la
última producción de aquel claro ingenio, antes
de que apagase su lumbre la sombra de los años.
La obra de Finlay puede resumirse en muy pocas
palabras; él descubrió que la fiebre amarilla
se transmitía por la picadura del mosquito
estegomía, y él inventó un método seguro para
la extinción de la enfermedad. Contemplando los
beneficios que a la humanidad reporta la labor de
nuestro compatriota, decíamos en el primer
Congreso Médico Nacional: "Y si nuestra
satisfacción es grande, señores, cuál no será
la del hombre, tan insigne como modesto, que, por
un esfuerzo intelectual que tiene pocos
semejantes en la historia del pensamiento humano,
hizo posible todo ese fenómeno sorprendente, ese
beneficio sin igual".
Publicado originalmente en Trabajos Selectos de
Carlos J. Finlay, la Habana,
1911.
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Calle Dr. Finlay
Médico Investigador Cubano
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