La
repentina salida del escenario político del exgobernante
Fidel Castro ha generado un sin número de reacciones y, como
es lógico, despierta una gran expectativa sobre la
repercusión que tendrá el final biológico de su existencia
en el desmantelamiento de la tiranía que sojuzga las
libertades y derechos de los cubanos.
Por estos
días, declaraciones de prominentes figuras y de analistas
políticos versados en el tema de Cuba se enfocan en pedirle
a los cubanos, principalmente a los representantes de la
oposición, no desesperase, aconsejan actuar con cautela ante
la incertidumbre de lo que realmente esta sucediendo en la
cúpula de la tiranía.
Es
frecuente la referencia a no cometer imprudencias que
alteren la “calma” y la “paz social”. Estrategia que se
sustenta en evitar todo tipo de acciones que puedan ser
consideradas por los militares que han tomado el control del
poder como una provocación y los obligue a responder de
modo violento contra la sociedad.
Hacerse una
representación mental de semejantes planteamientos resulta
simple: “después de tanto sufrimiento y dolor durante 47
largos años hay que cifrar las esperanzas de tener
oportunidades de vivir con decoro a la posible buena
voluntad de un grupito reducido de generales que, cuando
estimen y sin ser presionados, decidirán el destino de once
millones de personas”.
Los
teóricos dialogueros aducen que la poca capacidad
intelectual del invisible presidente en funciones apunta
hacia el desplome del castrismo, sistema totalmente
decadente que, según ellos, aun con la ingerencia y sostén
económico proveniente de Venezuela, carece de alternativa de
continuidad sin la dirección y el liderazgo histórico del
exgobernante Castro.
De ese modo,
obvian las hipótesis que califican al recién estrenado
heredero dinástico como pragmático y, de hecho, minimizan
las medidas que esta adoptando en post de consolidar el
totalitarismo, entre ellas, manejar la posibilidad de
retorno a sus funciones de su hermano mayor como vía de
ganar tiempo antes de asumir plenamente la responsabilidad
del país, despersonalizar y ofrecer una imagen de
institucionalidad del poder a través del partido comunista
en la desesperada búsqueda de aceptación interna y de
legitimidad y reconocimiento internacional, utilizar los
medios de comunicación en función de ensalzar su figura y la
de su estrecho círculo de jefes militares ahora con dotes de
paternalistas, inofensivos y humanos, afianzar los
mecanismos de terror contra la sociedad mediante el
establecimiento solapado del “estado de sitio” movilizando
al ejercito, al ministerio del interior y a las
organizaciones de masas para responder a cualquier intento
de rechazo popular.
En fin, la
alternativa que propugnan los aparecidos abanderados de esa
tendencia es llamar a la oposición y a los hermanos del
exilio a que asuman una postura de precaución y pasividad, o
sea, que contribuyan de modo protagónico a la
Inacción de la sociedad
en la Isla.
Mientras,
confunden con “calma y paz social” los millares de balseros
que perecen en el estrecho de la florida tratando de huir de
la “tranquilidad” que garantiza la tiranía; los centenares
de actos de repudio, muchos con golpizas incluidas,
realizados contra los que se oponen a los intereses
políticos de la oficialidad; el trato cruel, inhumano y
degradante que reciben los cerca de cien mil reclusos que,
sin el beneficio de un juicio justo, purgan sanción en los
mas de doscientos centros penitenciarios, entre ellos,
centenares de presos políticos; el terror a las represalias
que domina la existencia de quienes viven en Cuba; la
conculcación de las libertades, derechos y oportunidades de
progreso y vida digna de los cubanos.
Poco atinada la sugerencia, este no es momento de pactar con tiranos
que le temen al potencial disidente diseminado en la
sociedad y que urge de ganar tiempo para imponer estabilidad
en el poder. Las fuerzas antagónicas al castrismo jamás
deben renunciar a la postura de exigir con energía los
cambios y reformas verdaderas que aseguren el tránsito
indetenible hacia la libertad y la democracia de la Nación.
Las
posibles consecuencias represivas o violentas a enfrentar no
son reacciones desesperadas de un régimen en apuros sino la
esencia de su actuar.
Rehusar a
la violencia como método de lucha y fomentar la paz, el amor
y la concordia entre los seres humanos son principios que no
interfieren sino refuerzan la obligación de cada opositor de
inculcar en la población la postura de
No Cooperar con
la pretendida perpetuación del régimen.
Los
llamados y las presiones para que no se utilicen las armas
contra el pueblo indefenso, se desencadenen otras olas
represivas de encarcelamiento por razones políticas, ocurran
eventos de descontrol social, deben estar dirigidos a
quienes portan las armas y ostentan el poder. Al menos,
hacerles comprender que tendrán que asumir ante la ley el
costo de cualquier acto irresponsable que implique excesos,
abusos o violaciones de los derechos humanos.
Desaparecido el principal obstáculo, las actuales
circunstancias ofrecen a la estructura de mando una
oportunidad concreta para la apertura pacífica del régimen.
Contrario a
la posición demostrada por quienes, a conciencia o
involuntariamente, son partidarios de la sucesión del poder,
lo aconsejable es que la comunidad internacional no
reconozca ni legitime a la tiranía, solo al gobierno que
adopte normas democráticas establecidas mundialmente, libere
a los presos políticos, abra espacios públicos de debate y
reflexión, y contribuya al diálogo político nacional.
En Cuba, por regla general, las
personas albergan miedo, desean respecto y garantías
individuales, añoran la paz y la tranquilidad social; este
trascendental momento exige de todos, sin exclusión, una
elevada cuota de sacrificio que con decisión y dignidad hay
que afrontar.